Me derretía, me ponía la carne de gallina...
Echo de menos tu aroma embriagador que radiaba tranquilidad y paz.
Y tu mirada... Añoro ese par de ojos marrón intenso que se clavaban en mi, cuando pasaba por tu lado o cuando te hablaba.
Han pasado ya días, semanas, meses y sigo sin aceptar tu ida, sin poder vivir sin ti.
Paso las horas contigo en mi mente, como si nunca te hubieras marchado, como si siempre estuvieras aquí. Quizás por miedo a borrarte de mis pensamientos o por miedo a no saber como asumir tu ausencia... Quizás mi mente aún tiene la esperanza de que si no te olvido, tu tampoco lo harás y que con toda seguridad, nos volveremos a ver... algún día.
Desde tu ausencia, los días se volvieron monótonos, grises, automáticos. Como si todo ya estuviera programado, como si yo fuera un robot cuya principal función es ir del trabajo a casa y de casa al trabajo, sin que nada más importe. Sin motivación alguna a levantarme de la cama pero aún así haciéndolo cada día a la misma hora.
Aún espero esa llamada ¿Recuerdas? Aquella llamada que me prometiste para saber al menos como me encontraba, para saber que te preocupabas por mí.
A pesar de todo aquí me hallo, sin ilusión alguna en mi vida, pero con la esperanza de volverte a ver, de que nuestros caminos se vuelvan a cruzar. Y que cuando estemos uno en frente del otro, me agarres intensamente con tus suaves manos y me abraces tan fuertemente que parezca como si nunca te hubieras ido, que sea capaz de sentir aquella calma que acallaba a mis demonios.
No estoy segura de si quiero deshacerme de ti y de tu recuerdo, por que cuando me siento sola, es lo único que me hace compañía y lo que me reconforta cuando me pierdo. Lo que me hace sonreír cuando te echo de menos.
Por que aunque sea una idiota por seguir pensando en ti, te sigo echando de menos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario